El tweet


Es una desconsiderada.


Me casé con ella hace 15 años; era viuda y tenía tres hijos a cuestas. Menuda tarea la mía, que sin haber procreado de repente tuviera que hacerme cargo de tres manganzones. 


Está en casa todo el día sin hacer nada. ¿Qué complicado puede ser mantener limpia una casa, preparar comida, lavar y planchar ropa? Hace trabajos desde su computadora para ganar unos míseros centavos. A veces está despierta hasta las tres de la madrugada: no entiendo qué tanto hace.


Luego la escucho a las cinco de la madrugada arrastrando los pies preparando el desayuno, alistando mi ropa y mi café. A veces se queja de tener  sueño: no duerme porque no quiere.


Yo trabajo en serio; todo el día de lunes a viernes. Al llegar me molesto si no tiene mi café servido: después de todo no tiene mucho que hacer salvo atenderme. Los fines de semana no estoy para escuchar quejas y lamentos: trabajo y debo descansar.


Pago sus gastos, y aún de vez en cuando les doy una mano a los hijos, quienes gracias a Dios ya no viven bajo mi techo. A veces me echa en cara que cuidara de mi madre en su enfermedad, hasta su muerte. Yo me casé con ella y me hice cargo de su prole. ¡Ya le pagué con creces!


Honestamente no entiendo sus malas caras y sus repentinos silencios: debería estar feliz y tranquila pues gracias a mi se lleva comida a la boca y no tiene que preocuparse por pagar facturas: todo se lo doy. 

Si le reclamo, llora. Me desquicia su lloradera: dice que prefiere llorar a decir lo que me merezco. ¿Qué me merezco? Soy un buen marido: trabajo y pago sus gastos.


El sábado me molesté mucho con ella: regresamos del supermercado y entró corriendo a la casa; dijo que iba a cambiarse las sandalias que se habían roto: tuve que bajar las compras solo. Siempre evadiendo las tareas y dejándome todo a mí. Cuando salió “dispuesta a ayudar” ya el mandado estaba hecho. Le reclamé airadamente:  "¡Siempre haciéndote la pendeja y creyendo que los demás son tus sirvientes! ¡Eres igual a tus hijos! ¡Ni que trabajaras tanto!".


Estaba indignado. Siempre viéndome la cara de idiota. Ni siquiera me detuve a mirarla para ver cómo reaccionaba.


Ya no le dirigí la palabra: al preguntarme algo le contesto con monosílabos, secamente y mal encarado.


Ella, salvo lo estrictamente necesario,  tampoco me ha hablado; está silenciosa. Ya necesitará algo y tendrá que bajarle el tono a su malcriadez; debe aprender.


Es la noche del martes: sigue sin hablarme. Al llegar me sirvió el café, luego la cena. Se sentó tras  su escritorio y se sumergió en su misterioso mundo cibernético, entre la computadora y el  teléfono móvil. 

Me atiende… pero no me habla. No me cuenta, como lo hace usualmente,  su día a día; que para ser honestos tampoco es algo que entretenga. Generalmente es ella quien rompe el hielo diciendo cualquier tontería.  A veces me asombra su serenidad ante mis arremetidas. Ya se le pasará.


Y justo antes de ir a la cama,  escudriñando el twitter, veo una publicación que me ha llamado la atención:


“Antes de humillar a alguien piensa que tal vez en el futuro, esa persona será quien te limpie el culo… y podría confundir el papel con una lija…”.


El tweet es de mi mujer.

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