Delirio errante





Del  corroído afán de un seco y cruel lamento,
destila la aridez, que  mis tormentos causa;
el  frugal desatino de una inclemencia errante,
despinta la cordura, en relucida penumbra.
Precario e invisible hilo entre los sueños y la fe;
una sombra en catalepsia desea cruzar el umbral,
ante un botero lerdo, que se niega a remar.

En esta orilla, donde nada es para siempre;
donde la flor nace y muere, y no existe fuego eterno,
un débil corazón yace herido y ultrajado;
por entero se ha dado: nada le ha quedado.

Lejos quedaron perpetuas promesas,
donde el deleite y el plañir se encuentran,
resecas por la huida del amor jurado:
padece allá cual roca: frío, duro, abandonado;
y del fulgor que emana la oscuridad desierta,
ansía  surcar  el limen a la eternidad incierta.

Rema, barquero, rumbo a la orilla opuesta;
aleja de estas tierras, al corazón maltrecho;
traspasa las corrientes del río enardecido,
para librar mi alma, de sus míseros latidos.

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